06.22.07
LA INVENCIÓN DEL ATEÍSMO
El cristianismo epicúreo de Erasmo o de Montaigne, el de
Gassendi, canónigo de Digne, el cristianismo escéptico de Pierre
Charron, el teologal de Condom, el escolástico de Burdeos, el deísmo
del protestante Bayie y el de Hobbes, el anglicano, tal vez hagan
parecer impíos y ateos a sus autores. Pero aun así el término no se
aplica con justeza. Eran, desde luego, creyentes heterodoxos y
librepensadores, pero cristianos al fin. Como filósofos independientes
aunque cristianos por tradición, esta amplia gama permite creer en
Dios sin la limitación de una ortodoxia sostenida por el ejército, la
policía y el poder. ¿El autor de los Ensayos pasa por ateo? ¿Qué
pensar de su peregrinaje a Notre-Dame de Lorente, de sus profesiones
de fe católicas en su obra maestra, de su capilla privada, de su muerte
en presencia de un cura en el momento, digamos, de la elevación? No,
todo aquel bello mundo filosófico cree en Dios…
Pues bien, hacía falta que apareciese el pr imero, el inventor, el
nombre como hito a partir del cual fuera posible afirmar: he ahí el
primer ateo, el que expresa la inexistencia de Dios, el filósofo que lo
piensa, lo afirma, lo escribe con claridad, netamente, sin adornos ni
sobreentendidos, con infinita
prudencia e interminables contorsiones. Un ateo radical, animoso,
confeso. Incluso orgulloso. Un hombre cuya profesión de fe, si se me
permite decirlo…, no se rebaja, no se desvaloriza, ni procede de
hipótesis alambicadas de lectores a la caza de un principio de
argumentos de apoyo.
No muy alejado del paladín francamente ateo, el hombre hubiese
podido llamarse Cristovao Ferreira, viejo jesuíta portugués que abjuró
bajo la tortura japonesa en 1614. En 1636, el año en que Descartes
preparaba el Discurso del método, el cura, cuya fe debía ser bien
endeble, si juzgamos por la pertinencia de los argumentos que no
pudieron ocurrírsele justo en el preciso momento de la abjuración,
escribe, en efecto, La superchería desenmascarada, un opúsculo
explosivo y radical.
En sólo una treintena de páginas, afirma: Dios no ha creado el
mundo; de hecho, el mundo nunca fue creado; el alma es mortal; no
existe ni infierno, ni paraíso, ni predestinación; los niños muertos
están libres de pecado original, que de todos modos no existe; el
cristianismo es una invención; los Diez Mandamientos, una estupidez
impracticable; el Papa, un personaje inmoral y peligroso; el pago de
las misas, las indulgencias, la excomunión, las prohibiciones de
alimentos, la virginidad de María , los Reyes Magos, otras tantas
tonterías; la resurrección, un cuento irracional, risible, escandaloso, un
engaño; los sacramentos, la confesión, sonseras; la eucaristía, una
metáfora; el juicio final, un delirio increíble…
¿Se puede concebir un ataque más violento y un fuego más
concentrado? Y el jesuíta continúa: ¿La religión? Una invención de
los hombres para asegurarse el poder sobre sus semejantes. ¿La razón?
El instrumento que permite luchar contra todas esas tonterías.
Cristovao Ferreira desarma aquellas groseras invenciones. Entonces,
¿ateo? No. Porque en ningún momento dice, escribe, afirma o piensa
que Dios no existe. Por otra parte, para confirmar la tesis de un
espiritualista creyente pese a todo, el jesuíta abjura de la religión
cristiana, sin duda, pero se convierte
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al budismo zen… Aún no hemos encontrado al primer ateo, pero no
estamos demasiado lejos…
Pronto llegará el milagro, con otro sacerdote, el padre Meslier,
santo, héroe y mártir de la causa atea, al fin reconocible. Cura de
Etrépigny en las Ardenas, discreto durante todo su ministerio, salvo un
altercado con el señor del pueblo, Jean Meslier (1664-1729) escribe
un voluminoso Testamento en el cual tira mierda a la Iglesia, la
Religión, Jesús, Dios, pero también a la aristocracia, la monarquía, el
Antiguo Régimen, denuncia con violencia inaudita la injusticia social,
el pensamiento idealista, la moral cristiana del dolor, y profesa al
mismo tiempo un comunalismo anarquista, una filosofía materialista
auténtica e inaugural y un ateísmo hedonista de sorprendente
actualidad.
Por primera vez en la historia de las ideas, un filósofo -¿cuándo
será reconocido?- dedica una obra al ateísmo: lo profesa, lo
demuestra, lo argumenta, lo cita, forma parte de sus lecturas y
reflexiones, pero se apoya igualmente en sus comentarios sobre la
situación del mundo. El título lo dice con toda claridad: Memoria de
pensamientos y sentimientos de Jean Meslier y también su desarrollo,
que presenta Demostraciones claras y evidentes de la vanidad y
falsedad de todas las divinidades y de todas las religiones del mundo.
El libro apareció en 1729, después de su muerte; Meslier le dedicó
gran parte de su vida. Comienza así la verdadera historia del ateísmo…
Extracto de el libro “Tratado de Ateología de Michel Onfray“

