05.25.07
Misterios de las religiones (12/16)
Capítulo: El testamento numismático de Nostradamus - parte 2ª
No voy a ser yo quien les sustraiga a estos su razón. Mientras no se demuestre de manera contundente la existencia de un código circulante a través de la historia de la humanidad, que sea, además, reproducible en laboratorio, y que explicite un mensaje, no sólo inteligible, sino también creíble y comprobable experiencialmente, no dejaremos de ser gozosos miembros de una manada de perros, o de una piara de cerdos (según nos convenga), sumergidos en la felicidad que proporciona la ignorancia de un saber del que los dioses consideran que no debemos ser partícipes. No fuera a suceder, si no, como en los tiempos de los antiguos que nos describe el durmiente Henoc (el que hacía el número 7 de nuestros primeros padres), y volviera así a reproducirse el error que cometieron los rebeldes Vigilantes celestiales que contravinieron las órdenes de un Jefe aún más celestial en grado y poder, y que, juramentándose, tomaron para sí mujeres y se contaminaron con ellas, y les enseñaron toda suerte de hechicerías y encantamientos, les instruyeron en toda clase de plantas, y quedaron embarazadas y dieron a luz a los terribles gigantes que habitaron la tierra en aquella época; y también enseñaron a los hombres a hacer espadas, les dieron a conocer los metales de la tierra y el arte de trabajarlos, y toda clase de pesadas piedras, y las constelaciones y el movimiento de los astros… Por todo ello, por desobedecer las órdenes expresas de mantener al ser humano sumido en la feliz ignorancia animal, fueron juzgados y sentenciados a permanecer eternamente encadenados en las profundidades del abismo.
Acceder al conocimiento siempre ha resultado peligroso. Tanto para el que lo recibe como para el que lo proporciona. Quizá desde aquel instante los ángeles custodios o los Vigilantes de Henoc con vocación por la enseñanza se hayan vuelto más cautelosos a la hora de transmitir al ser humano unos conocimientos que, desprendidos de todo límite de accesibilidad, a Ellos mismos les volvería otra vez a costar bien caro.
Por mi parte, creo que no me queda más remedio que continuar intentando con ingenuo anhelo rozar con los dedos el aroma que exhala la presencia del espíritu dominador del espacio y del tiempo, allá en sus celestes bóvedas mensurables, resignándome a no poseer la varita angélica traductora del Templo divino, confraternizando, entre tanto, con la manada de ignorantes menos felices por ser conscientes de la existencia de un saber que se nos niega a sabiendas, y debiendo con-tentarme con la sugerencia que Edgar Cayce, otro de nuestros visionarios nacido en Kentucky en 1877, famoso por sus «lecturas» realizadas en estado de trance, hace en una de ellas:
«[…] Esta es la interpretación. Que los períodos, vistos desde el lado material, vayan a acabarse, no tiene importancia para el alma, pero ¡cumple con tu deber hoy! Cada día trae su afán. Estos cambios de la Tierra sucederán, pues el tiempo, y los tiempos, y los medios tiempos están concluyendo, y empiezan los períodos de los ajustes. Pues, ¿qué ha dicho Él? Los justos heredarán la Tierra. ¿Tienes tú una heredad en la Tierra, hermano mío?» (núm. 294-185, 30 de junio de 1936).

