05.25.07

Misterios de las religiones (16/16)

Posted in Historia, religión at 6:54 pm by angel

Capítulo: Catón, el viejo: El defensor de Roma - parte 3ª

Contra Grecia

El ilustre político fue muy longevo, pero a lo largo de sus 85 años de vida hizo gala de un espíritu reaccionario a prueba de influencias helenísticas. De hecho odiaba todo lo que evocara a Grecia. Consideraba que los aires orientales minarían los cimientos de Roma tarde o temprano.

Catón fue el primero que escribió en latín para oponerse a los que lo hacían en griego. En aquel tiempo, las corrientes culturales helenas invadían Roma, hasta el punto de que muchas familias patricias, incluida la de los Escipiones, se dejaron llevar por el influjo estético e intelectual llegado de Oriente.

Estos círculos influenciados por lo helenístico promulgaban un refinamiento de la sociedad, una admiración por la belleza y una apuesta clara por la filosofía vital de los grandes intelectuales nacidos en aquella tierra virginal para las formas democráticas y civilizadas.

Daba la impresión de que frente a un griego, un romano parecía un bárbaro, y Catón se rebeló ante ello. Por ese motivo, sus textos se publicaron en latín, lo que le valió ganar el privilegio de ser considerado “padre de las letras latinas”.

Poco se ha conservado de su legado escrito. Únicamente se conoce un tratado de agricultura y algunos párrafos de sus obras, aunque se sabe que generó una extensa obra literaria que abarcaba discursos, ensayos y, sobre todo, una enciclopedia histórica sobre los orígenes de Roma.

La sabiduría de Catón abarcaba ámbitos que iban desde la medicina a la agricultura, pasando por la estrategia militar. Era todo un erudito al servicio de la Roma más enraizada en las tradiciones ancestrales, un defensor de las costumbres netamente romanas y detractor de las tendencias extranjeras que pudieran contaminar su amada ciudad.

Catón mantuvo una forma de vida austera; nunca acumuló más riqueza que la necesaria para vivir modestamente, lo que favoreció sus continuas victorias en las urnas.

Es cierto que no gozaba de mucha simpatía entre la clase política y la plebe, pero todos le reconocían como un romano íntegro, incorruptible, alguien al que no se podía sobornar con dinero o argumentos banales.

Por no hablar de su oratoria, que era seca, contundente y cargada de una ironía que en ocasiones rozaba el sarcasmo. Era el dedo acusador de los desmanes cometidos por una población que se empezaba a dedicar a la molicie, víctimas de la abundancia llegada desde las provincias conquistadas.

Catón, posiblemente, fue de los primeros en percatarse del hipotético futuro que le esperaba a Roma de seguir las cosas por el camino que se había iniciado. Advirtió, con encendidos reproches, que la ciudad eterna y el universo creado por ella debían prevalecer por encima de injustificados cultos a valores superficiales e inocuos.

Por ejemplo, criticó con severidad en el año 184 a. de C. que no se pidieran cuentas a los Escipiones sobre su actuación en tierras de Oriente.

Éste asunto acabó con la carrera política de Escipión, “el africano”, un héroe admirado y respetado por la ciudadanía romana desde su victoria sobre Aníbal, lo que sin embargo no fue óbice para que afirmara de forma airada que Roma estaba por encima de sus héroes.

Como digo, Catón fue alguien odioso que acumuló cientos de enemigos, aunque nadie le rechistó públicamente, porque, en el fondo, todos intuían que tenía razón.

No en vano, uno de sus apelativos más populares fue el de “censor”, nombramiento que obtuvo en el año 184 a. de C., y desde el que ejerció una presión total sobre la inmoralidad que se vivía en la ciudad.

El triunfo sobre Cartago en la segunda guerra púnica no fue suficiente para él, por ver en la potencia africana a un irreconciliable enemigo. Durante años animó al Senado para que emprendiera una guerra definitiva sobre Cartago.

El propio Catón visitó ésta urbe comprobando horrorizado su resurgimiento. Finalmente estalló la Tercera y definitiva Guerra Púnica justo antes de la muerte de uno de sus mayores instigadores.

Catón falleció complacido al saber que las legiones marchaban sobre Cartago para destruirla hasta los cimientos. Ésa fue, seguramente, su última sonrisa en este mundo.

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